“Primavera en Normandia” ya en cines

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poster primavera en normandia

La que suscribe siente absoluta devoción hacia esa joya de la literatura titulada “Madame Bovary”, así que cuando supe del próximo estreno de “Primavera en Normandia” película que tiene como pilar básico de su argumento la novela de Flaubert, un cierto recelo sobrevoló mi mente, demasiado acostumbrada a que se mancillen en la gran pantalla grandes obras literarias.

Pero, “Gemma Bovery” – que así es el título original del filme- que se ha estrenado en los cines este viernes 18 de marzo, ha resultado ser una delicia de película, inteligente y dulce a partes iguales, que resulta un verdadero homenaje al libro, evocando de manera tan respetuosa como atractiva para el público, a sus personajes e invitando a su lectura a todo aquel que no lo haya disfrutado ya.

El argumento nos presenta a Martin, un ex burgués bohemio de París que decidió dejar atrás la gran ciudad para establecer su propia panadería en un pequeño pueblo de Normandía. De sus ambiciones de juventud, aún retiene una gran imaginación y una pasión viva por la gran literatura, la de Gustave Flaubert en particular. Cuando una pareja de ingleses de nombres extrañamente familiares se instala en una casa del vecindario, apenas disimula la emoción. No es sólo que los recién llegados se llamen Gemma y Charles Bovery, sino que se comportan como si se inspiraran en los héroes de Flaubert. Para el creador que habita en Martin, la ocasión es el súmmum: amasar, además de la harina de cada día, el destino de los personajes en carne y hueso. Pero la bella Gemma Bovery no ha leído los clásicos, y pretende vivir su propia vida a su manera…

Está protagonizada por Fabrice Luchini (“En la casa”, “Las chicas de la 6ª Planta”), Gemma Arterton (“007.Quantum of Solace”, “Una canción para Marion”) y Jason Flemyng (“Grandes esperanzas”,”El curioso caso de Benjamin Button”), fundamentales para llevarnos de la mano por la historia que nos cuenta la película, y que logran convertirnos en cómplices del personaje interpretado por Luchini. ¿A qué lector no le hubiese gustado introducirse en el libro y salvar a Emma Bovary del destino al que vemos que se aboca sin remedio?

El maravilloso paisaje de Normandía es el envoltorio perfecto para este film que, realmente, es una adaptación de la novela gráfica Gemma Bovery, de Posy Simmonds, que se inspiró a su vez en la obra de Flaubert.

Les dejo con una entrevista a la directora de la película, Anne Fontaine:

ANNE FONTAINE

¿Cómo llegó a sus manos la novela gráfica de Posy Simmonds?
Conocía a Posy Simmonds por su obra Tamara Drewe, y de inmediato me sentí favorable a una novela titulada Gemma Bovery: el juego de palabras indirecto sobre un arquetipo literario femenino me pareció prometedor y lúdico. Cuando leí la novela, los personajes me intrigaron y conmovieron: sentí su potencial cómico y su profundidad humana, y el tono del autor me sedujo, entre comedia feroz e ironía formidable. También me conmovió el encuentro improbable entre un panadero y esta joven inglesa de hoy en día que va a cambiar la vida del protagonista, en tanto éste, convencido de tener la libido bajo control, se cree sexual y afectivamente ¡prejubilado! Pero hete aquí que pierde todo control en esta asociación entre un personaje de ficción —Emma Bovary— y Gemma Bovery. Ese lado fetichista me pareció extremadamente seductor para un futuro guión. Traté de mantenerme fiel al libro aunque con ciertas libertades: Posy Simmonds hace que Martin Joubert, el narrador, intervenga bastante indirectamente en la historia, en tanto que en la película se le ha dado una mayor presencia y movilidad.

Ha escrito el guión con Pascal Bonitzer y Posy Simmonds.
Lo que me llega del tono de Posy Simmonds es su agudo sentido de la comedia, pues hay un lado “Woody Allen francés” en este panadero depresivo en el que la fantasía y la singularidad suscitan la comicidad. Con Pascal, me dije que su sentido del humor se mezclaba con la desesperación cuando hace hablar a un personaje: para mí, esos dos aspectos devienen indisociables. El personaje de Joubert es como si viviera por delegación un amor que va in crescendo por una joven de increíble sensualidad que no lo mira como hombre deseable, sino como panadero… Me pareció que el tono y el espíritu eran esenciales para expresar la comicidad de esas diferencias. Desde que comenzamos a escribir, Pascal y yo desarrollamos rápidamente una empatía común por el sujeto; después, incorporamos a Posy para los diálogos en inglés. Era una colaboración preciosa pues, a veces, le “traicionábamos”, y cuando se lo decíamos, tenía la flexibilidad de acoger favorablemente nuestras proposiciones. Era, pues, interesante poder disponer de sus reacciones frente a situaciones inventadas que se inspiraban, algunas, en la historia inicial, pero que no pegaban forzosamente con el cómic. Por ejemplo, se comprendió que para el film era preciso que la narración fuera más inmediata y más directa que la de la novela gráfica, por naturaleza más literaria.

¿Cómo se esbozaron los personajes?
Queríamos que el panadero viviera la historia en primer plano, y que toda la intriga se desarrollara a través de su mirada, al contrario del libro, que multiplica los puntos de vista, lo que en el film hubiera generado confusión.
Gemma Bovery permanece bastante fiel al personaje del libro, es decir, un cruce entre una “Madame Bovary” contemporánea y una inglesa de hoy, imprevisible e inconstante, incapaz de articular su vida afectiva y el magnetismo que ejerce sobre los hombres tan sólo con mirarlos. En cambio, mientras que en el cómic puede parecer en ocasiones antipática, con Pascal hemos intentado hacerla encantadora y generosa: cierto que manipula a los hombres, pero casi inconscientemente. De tal suerte que, en el film, es menos calculadora y espera algo del amor, como Madame Bovary.
En el libro, Charlie es más neutro y no tiene carisma. Me pareció interesante que no fuera llamativo, pero que no obstante tuviera cierto encanto.
En cuento a Patrick, en el cómic es un seductor compulsivo; por mi parte, he optado por un personaje más extraño, más turbio, y más tóxico, lo que hace que la historia devenga más ambigua.

El panadero se cree un deus ex machina, le divierte tirar del hilo…
Así es, ya que es narrador, a caballo entre director cinematográfico y escritor, alguien que incide en la realidad. En el mercado, ante su panadería, confiesa al espectador que es como un “director que acaba de gritar ¡Motor!” Ve al joven señor, que se ha auto presentado a Gemma, acudir a su encuentro; entonces se imagina los diálogos en voz alta, y sus “criaturas” repiten sus propias réplicas, como si fuera un demiurgo. Por supuesto, está turbado. En el fondo, se halla tan implicado en la intimidad de estos personajes que vive las historias de los otros por delegación.

Lo que no le impide sufrir, bien al contrario.
Tanto si observa la casa de enfrente a través de su ventana, como si está en el mercado, donde examina la cristalización que el mismo ha provocado entre el señor local y Gemma, construye un dispositivo que teme, al organizar relaciones que le hacen sufrir. Si bien es adivinable que ha conocido desbordamientos amorosos en el pasado, desde que se ha hecho con la panadería hasta cierto punto está “estabilizado”, encuadrado en una vida familiar estructurante. Y de repente, la venida de Gemma sacude ese equilibrio. Es bastante repentino y, poco a poco, en razón del nombre fuertemente evocador de la joven, fetichiza la relación. Pues su pasión es doble: ella se polariza sobre la proyección de este destino paralelo que él imagina, y que Gemma se dispone a coger, y sobre la turbación erótica que le suscita esa mujer irresistible. Cuando dice que diez años de tranquilidad sexual se han volatilizado de un plumazo por un “gesto insignificante”, evidencia su hipersensibilidad. Y como suele suceder, los amores platónicos hacen sufrir de modo tanto más irresoluble cuanto que no se confrontan a la realidad.

Sin embargo, el «director» que es Martin no puede impedir lo ineluctable…
Existe ironía permanente en el modo en que Gemma, inconsciente, sigue los pasos de Emma Bovary… lo que dice mucho sobre la fatalidad y la crueldad del destino. Y pese a todo el andamiaje de sabiduría de Joubert, la situación se le escapa, lo que le hace más humano. Por otro lado, cuando declara que “la vida imita al arte”, se ve en posición de quien no tiene otra opción que dejar que las cosas lleguen sin poder controlarlas. Las relaciones entre lo imaginario, el destino y la realidad me fascinan y crean un efecto de sorpresa: es, creo, lo que aleja la película de las comedias románticas clásicas.

Podemos creer que el personaje de Martin se ha construido a medida de Fabrice Luchini…
Y sin embargo, ha sido imaginado ¡por una inglesa! Pero cuando leí la novela gráfica, superpuse inmediatamente a Fabrice Luchini, no sólo como intérprete, sino como un ser que tiene a Flaubert en la sangre en lo más profundo de sí mismo. Al conocerlo bien, y habiéndole escuchado hablar a menudo de Madame Bovary de manera tan propia, tenía la impresión de que ese papel no esperaba a otro. Así pues, escribí el guión diciéndome que había muchas posibilidades de que el personaje le placiera, y que le conmoviera, igual que a mí, este literato obsesivo que lleva una vida tranquila de panadero hasta que ese encuentro fantasioso transforma su propia realidad. Era formidable tener un actor como Fabrice pues dispone del sentido de la fantasía y del desfase, pero también el placer y el amor por las palabras, lo que se ajusta al mismísimo tema del film. He tenido mucha suerte de poder contar con un actor así, pues sólo Fabrice podía hacer pasar esta obsesión por Madame Bovary como algo del todo natural. El proceso de encarnar al protagonista, y también su locura, se concretó desde el momento que pronunció, a su manera inimitable, “Gemma Bovery”. Era tanto más importante cuanto se trata de un personaje que observa la vida de los otros por
una ventana, lo que le sitúa en una condición de voyeur que proyecta historias. Dado que me pareció que el personaje se acerca a un realizador de cine, percibí había un vínculo soterrado muy fuerte entre nosotros.

Raramente se le ha visto en el cine bajo esta luz.
Quería hacerle bello, me importaba lo que veían sus penetrantes y brillantes ojos verdes: dado que interpreta a un personaje que parece tener una vida sexual más bien imprecisa, me pareció interesante proporcionarle cierto carisma físico. El hecho de que actualmente sea más maduro le va muy bien: hay una intensidad y sobriedad que se reflejan en su rostro.

¿Cómo lo dirige?
Con él, experimento, y siempre de modo lúdico. Busco tonalidades, vamos demasiado lejos en una dirección, efectuamos varios ensayos, y luego retrocedemos: es preciso dar con el tono exacto mientras nos preguntamos hasta dónde podemos llegar. Jamás lo bloqueo imponiéndole un marco excesivamente constreñido; se ruedan nueve o diez tomas, y luego le digo: “ahora, olvida cuanto te he dicho y haz lo que quieras”. Pero, ante todo, lo más importante es la absoluta confianza que hay entre nosotros.

¿Pensó en Gemma Arterton tras ver Tamara Drewe?
Vi a Gemma en Tamara Drewe, y en cierto modo me dije a mí mismo que a partir del momento en que había encarnado ya a un personaje de Posy Simmonds, no le interesaría. Así pues, entrevisté a actrices inglesas con un objetivo en mente: era preciso que fueran sexys y que hablaran francés. Pero ninguna entre las que me encontré generó en mí evidencia alguna. Finalmente, me encontré con Gemma, y desde que me abrió la puerta y me leyó un pequeño texto francés escrito por ella misma, comprendí que me las tenía con una bomba atómica: desbordaba tal energía que hacía imposible no amarla. Posee una belleza cálida y generosa, no genera distancias, aunque sus vacilaciones y sus idas y venidas se deben a su juventud y a su franqueza; no hay manipulación alguna. Ni siquiera tuve necesidad de hacerle ensayar: se vino a Francia tres meses antes para sumergirse en la cultura local antes de trabajar el personaje. Para evitar que perdiera soltura al hablar en francés, lo que deviene un riesgo en actores que aprenden un idioma extranjero, le pedí que no dejara de moverse y que estuviera en la acción. En suma, se presentó en el plató extremadamente preparada y me dijo que sentía al personaje cerca de ella.

¿Y con respecto a los otros papeles?
A partir de la pareja Fabrice-Gemma, elegí a los actores que gravitan a su alrededor. Pues los personajes secundarios introducen la idea de que esos ingleses consideran Francia como un remanso de verduras, y la mirada a veces desconfiada de los franceses hacia los ingleses. Pese a que éste no es el tema principal de la película, enriquece el corpus principal. Estoy muy contenta de confiar a Elsa Zylberstein el papel de una mujer borderline aquejada de fobias extrañas y de concepciones insólitas para con el gusto o la nutrición. Escribimos juntas varias de sus réplicas, y me sorprendió su capacidad para hacerse rara sin caer en el ridículo. Encarna perfectamente el espíritu de Posy Simmonds, cuyos personajes en ocasiones están al límite de lo exagerado pero sin perder atractivo.
Isabelle Candelier, que me encantó con Bruno Podalydès, tiene un papel aparentemente ingrato, pero muy divertido y eficaz: dibuja a una mujer un tanto mandona, con los pies en el suelo, por turnos, exasperada e indulgente con un marido encerrado en su mundo interior, una pareja que se complementa. La familia se cierra con Kacey Mottet-Klein, ya formidable en Gainsbourg, o en las cintas de Ursula Meier, cuya singularidad es asombrosa. Para Hervé, el joven señor de la localidad, hijo de familia de alta posición, algo débil y suerte de juguete sexual, elegí a Niels Schneider tras descubrirle en los filmes de Xavier Dolan, en los que me pareció que tenía cabeza de angelote; entre la estatua que se rompe y él existe determinada connivencia en la fragilidad. En el papel de su madre está Edith Scob, a quien amo desde siempre, que da
una dimensión de extrañeza cómica a la película, casi sobrenatural. Y Pascale Arbillot tuvo la amabilidad de darnos el pequeño guiño final…
Para los ingleses, reparé en Mel Raido (que interpreta a Patrick) en una serie británica: me gustaba su costado tóxico y extraño que destila cierta tensión. En cuanto a Jason Flemyng, en quien ya había reparado en varias películas, le elegí porque encarna la gentileza y la generosidad, y tiene el aire de un tipo correcto, lo que conmueve tanto más cuanto que es el hombre a quien todos engañan. Por contra, no conocía a Pip Torrens, cuya composición como gran burgués reaccionario divertía sobremanera a Fabrice Luchini durante el rodaje.

La película rezuma una extraordinaria sensualidad.
Creí que el erotismo, oblicuo e indirecto, debía estar en los paisajes y la atmósfera de Normandía, pero también en el oficio de Martin: tal y como él mismo dice, amasar el pan le procura gran calma, es su “yoga”. Cuando inicia a Gemma sobre la amasadera, y ella está muy cerca de él, existe una forma de erotismo intenso que emana de su aliento y de sus gestos. Me gustaba mucho la idea de esa fabricación artesanal que contrasta con un cerebralismo muy activo: el pan reconcilia a Martin con algo del orden natural tras una carrera intelectual poco brillante. Dado que los dos personajes no sostienen una relación sensual directa, hacía falta que se percibiera la sensualidad por otro lado.

La luz resulta cálida y suave. ¿De qué modo ha trabajado con el director de fotografía Christophe Beaucarne?
Es el tercer largo que ruedo con él, tras Coco, de la rebeldía a la leyenda de Channel, y Dos madres perfectas. Se trata, pues, de un colaborador importante para mí. Hemos elaborado una luz envolvente y cálida, sin caer en un academicismo demasiado plano. Queríamos una iluminación natural y sublimada, a fin de que hubiera verdad, pero reinterpretada en relación a las emociones de cada escena. Como consecuencia, elegimos rodar en un momento del año en el que el campo normando ofrece su mayor
belleza: era tanto más determinante impregnar un lado solar a la película cuanto que el tema tiene una cierta negrura.

El cuadro resulta de una amplitud formidable.
Rodamos en Scope, pero la cámara a menudo va al hombro, lo que genera sensación de fluidez y de sensualidad sin despliegue de gran aparato. En realidad, he pensado la película a través de la mirada de Luchini: incluso cuando él no está en pantalla, se tiene la sensación de que hay alguien que no cesa de merodear. Y ello es lo que produce, creo, cierto misterio y tensión. Por otro lado, la cámara tenía que hacer idas y venidas bastante ágiles entre las visiones oníricas de Martin (la alucinación en la catedral o la escena de baile de otra época) y la realidad, como para indicar que se está constantemente en su cabeza.

Es la segunda vez que trabaja con Bruno Coulais, tras Mon pire cauchemar.
Creí que sería interesante alternar entre una melodía inglesa, adecuada para Gemma, y una música de cine propiamente dicha. Con Bruno, se buscó una voz femenina pura y llena de gracia, y nos sedujo la del grupo Moriarty. Por su lado, Bruno ha compuesto la música con anterioridad para dar con un tono particular, al tiempo vigoroso e irónico, sin convertirse psicológica o romántica. Lo que me ha complacido ha sido que se trata de una partitura que se percibe entregada pero que no es ni figurativa ni redundante para con la acción. Trabajar con Bruno es un verdadero placer: sabe mostrarse muy flexible sin renunciar a su propio universo.


 

 

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